Blackout. 1992
- Elena Khomutova-Miller

- 4 hours ago
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Aquella mañana estaba tranquilamente ordenando pilas de toallas en la lavandería. A
finales de noviembre, al comienzo de la temporada de esquí, aún había poco trabajo en
el hotel. Todos esperaban una nevada copiosa.
Agnes, mi jefa, asomó la cabeza por la puerta y, de pronto, me dedicó una amable
sonrisa de treinta y dos dientes. Desde mi primer día de trabajo en el hotel, jamás había
visto en su rostro otra expresión que no fuera la de una profunda preocupación, así que
me quedé bastante sorprendida.
—Tienes visita. En el vestíbulo.
Y su cabeza desapareció lentamente en la penumbra del pasillo del sótano.
No esperaba nada bueno de aquella visita, aunque no tenía la menor idea de quién
podía haber decidido venir a verme. Mi madre se había quedado en Berlín y allí, en
Alemania, aún no había tenido tiempo de hacer amigos. Pero me inquietó un poco que
aquella visita hubiese provocado semejante «derroche de alegría» en mi jefa.
Subí al vestíbulo principal del hotel y recorrí el lugar con la mirada. No vi una sola figura
conocida.
Junto al mostrador de recepción había un rubio alto, de una belleza deslumbrante, que
me contemplaba con admiración.
No, claro. No era a mí a quien miraba, sino a alguien que estaba detrás.
Mientras yo miraba a mi alrededor, el desconocido pronunció mi nombre y me saludó
en ruso. Fue entonces cuando me acordé de Christopher. Bueno, acordarme, lo que se
dice acordarme… más bien llegué a esa conclusión. Sumé dos y dos.
Una semana antes me había atacado una sanguijuela gigante.
Ocurrió así: me llevaron de juerga a una supermegadiscoteca de Zúrich. Blackout
estaba cerca del aeropuerto y tenía un éxito arrollador. La sola posibilidad de subir a un
coche y, al cabo de una hora, aparecer en el centro del universo me parecía increíble.
Porque eso fue exactamente lo que me pareció aquel complejo de ocio de Kloten,
encajado en el interior de un hangar de aviación: el centro del universo.
Además de una pista de baile ultramoderna con escenario, había toda una serie de
salas para todos los gustos musicales, desde reggae hasta salsa; máquinas
recreativas, hamburgueserías y otros locales donde se podía beber y picar algo,
pequeños bares tranquilos iluminados con velas e incluso una bolera.
Mi nueva amiga Sandra se aburría. Había vivido en Múnich y estaba acostumbrada a las
diversiones de una gran ciudad. Yo, en cambio, había acabado en aquel «antro» por
pura casualidad, de simple relleno. Quedaba un asiento libre en el coche.
Llegamos temprano. No habría más de diez personas en la sala. Unas terrazas con
mesas rodeaban la pista de baile formando un semicírculo; desde allí se podía
contemplar la actuación de los músicos en directo. Pero aquella noche no había ningún
concierto: sonaba la habitual mezcla de música de discoteca, a razón de una canción
lenta por cada tres para desmelenarse. Hasta yo, que apenas estaba acostumbrada a
las discotecas, empezaba a aburrirme un poco.
Pedimos un cóctel cada una y nos entretuvimos contemplando las barandillas que
bordeaban las terrazas. La luz fluía por ellas como si fuera tuberías y recorría todo el
perímetro de la sala en oleadas de colores. Todavía no había nadie bailando.
De pronto aparecieron dos chicos junto a nuestra mesa. Vi cómo uno de ellos se tomo
asiento junto a Sandra. El otro ya estaba pidiendo otro cóctel para Rita. Dejé a mis amigas coqueteando con los nuevos conocidos y me fui a bailar.
Primero me quedé ciega y después sorda. O quizá fue al revés. Ya no lo recuerdo.
Bailaba sola en medio de la pista, bajo el fuego cruzado de los láseres, como nunca
había bailado en mi vida. Bailaba por toda aquella mierda, por todas las angustias, las
pérdidas y los fracasos de los que, por alguna razón, parecía estar hecha mi existencia.
Me daba igual que no hubiera un alma a mi alrededor. No necesitaba cuerpo de baile.
Terminaba una canción y empezaba la siguiente.
¡Oh! Era Freddie Mercury con su fiesta disparatada: Living on My Own. Y volví a
lanzarme a dar saltos por toda la pista.
Solo cuando Scorpions se puso a desgranar la melancólica Still Loving You empezaron
a formarse parejas a mi alrededor. Un descarado me agarró de la mano. Me zafé de un
tirón y regresé pisando fuerte a mi sitio.
En la mesa encontré a Rita visiblemente contrariada, pero, dado mi paupérrimo
alemán, me costó muchísimo averiguar el motivo de su indignación. Cuando se lo
pregunté, señaló con rabia al mismo individuo que acababa de intentar aferrarse a mi
mano. Sin embargo, por mucho que entornara los ojos, solo conseguía distinguir una
silueta oscura. Los láseres habían hecho su trabajo.
El chico vino a sentarse a mi lado e intentó hablarme en alemán. Después probó con el
inglés. Con idéntico resultado.
La música atronadora me había taponado los oídos, me moría de sed y lo único que
quería era beber y bailar, no forzar el oído y el cerebro para tratar de entender a un
desconocido. Se me acabó la paciencia y salí disparada de la sala.
El pasillo, lo bastante ancho como para que por él circulase sin problemas un autobús
de línea, estaba fresco, bien iluminado y lleno de gente.
—Joder… —se me escapó al descubrir al desconocido pisándome los talones.
—¡Oh! Podíamos hablar en ruso —dijo él con alivio y un ligero acento.
«¡Lo que me faltaba!», pensé.
Sin embargo, que el desconocido hablase mi lengua materna me permitía mandarlo a
paseo mucho más deprisa que con mi alemán chapurreado. Ya había abierto la boca…
—No quería ser pesado… —me interrumpió con toda seriedad, antes de presentarse—.
Me llamo Christopher. Acuérdate de este nombre.
Me entró la risa. Él interpretó mi risa como una señal de aprobación y me invitó a ir a un
bar tranquilo donde pudiéramos hablar sin tener que gritarnos.
—Solo un rato. No quiero que mis amigas se marchen sin mí. Además, he venido a
bailar, no a conversar.
—Una cosa no impide la otra —respondió Christopher.
Aun así, seguía sin poder verle bien. Parecía que me había dañado seriamente la vista.
En el lugar donde debía de estar su cara solo había una mancha oscura y borrosa, y la
penumbra íntima del bar no ayudaba en absoluto. Mi visión permanecía más o menos
intacta únicamente en la periferia, y ni siquiera del todo. Era como si se me hubiera
quedado atrapada en los oídos una avioneta de fumigación. Tra, tra, tra.
«Vaya birria de cita —pensé, intentando captar de reojo los rasgos de Christopher—.
Tampoco parece tener nada de especial».
—Es la primera vez que encuentro aquí chicas rusas.
—Por lo visto, aquí las «chicas» no trabajan —observé, pero estaba claro que
Christopher no había pillado la broma.
Volvió a intentar lucirse con su ruso. Yo apenas oía nada. Hablaba deprisa y en voz baja.
—Volvamos a la pista —propuse, apurando de un trago el ron con Coca-Cola—.
Además, creo que mi amiga se ha enfadado contigo. Sácala a bailar una lenta, o Rita y
yo acabaremos enemistadas por tu culpa.
Por increíble que parezca, hizo exactamente lo que le había ordenado. Al terminar el
baile, le pidió disculpas a Rita y volvió a sentarse a mi lado.
Por suerte, nosotros ya estábamos preparándonos para emprender el regreso.
Garabateé en una servilleta el número de teléfono del hotel donde trabajábamos todos
y me despedí de Christopher.
Y ahora, una semana después, había aparecido ante mí un hombre al que no reconocía
en absoluto.
Debía de ser el alemán más guapo que pudiera imaginarse. El ejemplar venía
acompañado de un ramo de rosas rojas: pequeño, aunque en el vestíbulo de nuestro
hotel parecía una rosaleda entera.
El guapo olía a colonia; yo, al suavizante de la lavandería.
—¿A qué coño venía montar un espectáculo gratis para los huéspedes del hotel? —
protesté cuando salimos a la galería acristalada.
—¿A qué coño…? —repitió él, y se echó a reír—. Quería que me reconocieras.
—Querrás decir que no me olvidara. Pues no me había olvidado de ti —mentí.
Noté que me sudaban las manos y, por puro reflejo, me las sequé en el uniforme.
—Perdona. Podrías haberme avisado de que venías.
—¿Para que volvieras a escaparte? Hoy no.
Tenía los ojos azules. O grises. O gris azulados. En realidad, su color reflejaba el tono
que tuviera el cielo en aquel momento y parecía una prolongación del mismo.
Ahora me gustaba todo aquello que no había logrado distinguir la noche en que nos
conocimos. Y empezaba a temer que estuviera interpretando mal su interés por mí, que
me precipitara sacando conclusiones.
—Lo siento, pero tengo que escaparme. Estoy trabajando…
—Lo sé. Te esperaré aquí hasta las cinco y después iremos a cenar a una pizzería.
Me gustó que ya supiera adónde íbamos a ir y qué íbamos a hacer. Había en aquello
algo propio de un adulto, aunque no parecía mucho mayor que yo.
¿Sería que allí todos maduraban antes que nosotros en nuestro "paraíso soviético". A mi
alrededor, los alemanes de mi edad conducían sus propios coches. Entre mis amigos
de allí, ni uno tenía siquiera carné de conducir.
Mi seguridad disminuía en proporción directa al tiempo que faltaba para que terminara
la jornada. De pronto empecé a pensar que la cita no llegaría a celebrarse. Él cambiaría
de idea y se marcharía; a mí me pedirían que cubriera el turno hasta la mañana
siguiente; o resultaría que todo había sido un sueño y que Christopher ni siquiera
existía.
No recordaba la cara de aquel descarado de Blackout. Tampoco recordaba qué me
había contado sobre sí mismo ni dónde podía haber aprendido a hablar ruso tan bien.
Tenía la voz baja y hablaba con un ligero tartamudeo.
¿Y si los rumores eran ciertos y realmente alguien me había echado algo en el cóctel?
¿Y si todo lo que ocurrió después había sido un viaje alucinógeno? Eso explicaría de
manera bastante lógica que mis recuerdos de aquella noche fueran tan borrosos.
Al salir del cuarto donde guardábamos los productos de limpieza, me encontré de
frente con mi jefa. Ahora no se movió un solo músculo en el rostro de Agnes. Me quedé
inmóvil, esperando la sentencia, pero ella se limitó a mirarme con indiferencia y a
despedirse.
Así que no habría turno de noche, concluí, marcando mentalmente una casilla en mi
lista de posibles causas del fracaso de la cita.
«Aun así, no puede ser. No puede ser real. Hasta las flores han desaparecido del
mostrador de recepción. Eso significa que nunca estuvieron allí. Un efecto retardado de
alguna droga desconocida de Blackout. No hay otra explicación».
Por si acaso, cambié el uniforme por mi mejor jersey y las botas nuevas, mientras daba
vueltas a los adsorbentes y a la manera de limpiar el hígado de posibles toxinas. Una
ojeada al espejo, un poco de color en los labios: más que suficiente para una cita con
una alucinación.
Tres días antes había caído la primera nevada de la temporada. Apenas era un tímido
anticipo del verdadero invierno, pero ya había devuelto la esperanza a los aficionados al
esquí.
Delante del hotel había unos quince coches. Caminé unos cientos de metros y,
después de dejar atrás una tienda de recuerdos, una cafetería y la oficina de turismo,
doblé la esquina.
En aquella callejuela la iluminación era mucho más pobre. Solo brillaban con fuerza las
ventanas de la pizzería Pinocchio.
Recortada contra una de ellas, creí distinguir una silueta conocida.



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